Año 1, después de la DANA

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Pasados 10 días de la gota fría que arrasó diversas comarcas valencianas, y también alguna de Andalucía y Castilla-La Mancha; la redacción de SOLO CAMIÓN se dispuso a pasar dos días en la zona.

Ya allí, uno intenta buscar referentes vividos a los que tu razón pueda aferrarse, pero no los encuentras. La realidad en este caso no es que supere a la ficción, sino que, literalmente, la tritura.

La voluntad por nuestra parte era respetuosa y honesta a más no poder, aún reconociendo que nuestra agenda de propósitos no estaba del todo clara, dado que las coartadas que te ofrece el periodismo para conocer realidades distintas a la tuya no encontraban paralelismos a algo que hubiéramos vivido con anterioridad.

Días antes nos obstinamos en contactar con los Héctor, Toni, Manolo, Jorge, Ainoa, Rovira, María José y tantas otras personas con las que se trenzan nuestros vínculos camioneros y humanos. A través de tales conversaciones ya empezamos a hacernos a la idea de que lo que íbamos a encontrar sería el inventario emocional más desolador de una catástrofe.

Cuando entiendes por fin que nada de lo que vayas a decir es más intenso que el silencio, aprendes a comunicarte con tu compañero con suaves codazos y gestos sutiles para registrar tal o cual visión. No obstante, había una frase, tonta si se quiere, que uno y otro nos repetíamos casi en bucle: “Si esto ahora está así, ¿Cómo debía estar hace semana y media?”.

Alguno nos decía que iba a ir al entierro de un conocido, otro que había perdido el coche o que aún estaba sacando barro del garaje, e incluso nuestro amigo Toni nos explicaba, hurtando insistentemente de toda importancia a lo material, que su Freight estuvo anegado por más de medio metro de agua durante mucho tiempo.

¿Cuándo volverá a ser un día normal en una casa, una escuela, una fábrica o una tienda en comarcas como L’Horta Sud, La Plana de Utiel-Requena, La Hoya de Buñol, La Ribera Alta, El Camp del Turia, La Ribera Baja, Los Serranos y toda un área metropolitana de Valencia que en su conjunto ronda el medio millón de habitantes?

Algunos, sobre todo los que tienen relación con los (a 19 de noviembre) 219 muertos, una decena de desaparecidos, centenares de heridos y miles de personas que fueron rescatadas; ya tienen claro que nunca, pero muchos saben que no hay otro camino que el de luchar.

En el horizonte está nada menos que el futuro de niños y niñas que a duras penas son capaces de entender qué ha pasado con su escuela y por qué de repente a los adultos se les ha puesto esa cara de angustia y desvelo constante.

Barro por paisaje

El lodo ha cubierto barrios enteros, cuyas calles están saturadas por toneladas de lo que un día fueron bienes y hoy es escombro. Furgonetas, camiones y coches dispuestos por centenares, como su hubieran sido aplastados por Godzilla uno a uno, conforman tal vez la estampa que más impresiona al ojo humano que llega allí, una semana después de la tragedia.

Cualquiera de esos vehículos elegido al azar, con su envoltura de hierro molido, barro, piedras, cañas y ramaje; deja en nada lo que uno pueda ver en cualquier sala del Reina Sofía.

Las cruces pintadas en las carrocerías señalan los distintos grados de revisión que marcan los servicios de rescate, y nos sorprende el ver que muchos han puesto alguna leyenda similar a “Operativo” en las lunas de sus vehículos, para evitar el que sean agraviados o apartados por la grúa.

Pero es quizá el olor lo que más se incrusta en uno. Una inundación tan devastadora como esta conforma una atmósfera en la que el omnipresente lodo mezcla sus emanaciones con las del agua residual, el combustible y aceite de coche abandonados, los residuos industriales, las aguas fecales, la humedad y la podredumbre gradual de muchos productos.  

Lo primero que hicimos, no obstante, es llegarnos a aquellos polígonos industriales donde la ayuda llegó tarde (aunque tarde llegó a todos los sitios), o directamente no llegó, por tratarse de núcleos con menos afluencia humana.

Los puentes de acceso de uno a otro pueblo han quedado destrozados, y los que quedan en pie están colapsados. Por todo ello nos es difícil configurar una hoja de ruta 100% verosímil.

Allí encontramos a Mari Paz Méndez, que vio arrasado su restaurante “Casa Carlos”, con decenas de voluntarios venidos de muchos puntos de España intentando reconstruir tanta calamidad a base de palas, cepillos, capazos y mangueras, a falta de una maquinaria pesada que sólo llegaba a cuentagotas, porque era requerida en otros lugares.

Algunos puntos de la N-3, A-7, CV-33, CV-36, CV-50 o CV-134 derivaron en presas, de manera que cuando el agua se desbordó muchas empresas quedaron aisladas, talleres inundados y concesionarios devastados.

Este fue el caso de las instalaciones de VOLVO Trucks Comercial de Automoción Rubio en Ribarroja (Valencia). Con sus máximos responsables, Ignacio y Francisco Rubio, mantuvimos una conversación, ante un paisaje terrible de camiones destrozados, en la que ambos hicieron gala de una entereza más que encomiable.

“Llevo 9 días en los que prácticamente no he pegado ojo – nos decía un Ignacio enfundado en sus Katiuskas –, pero muy por encima de palabras de lamento sólo me salen las de agradecimiento hacia empleados, familia o clientes como Transvemez, Transportes Rodrigo Perona, Hermanos Almela, Antonio Martínez o Franpama; que no nos han dejado de ayudar ni un solo minuto.

El tsunami provocó que 18 de nuestros trabajadores quedaran aislados, pero buena parte de ellos vinieron también a ayudar después. Más ayuda externa no hemos tenido, a excepción del ejército, que durante tres horas limpió parte del polígono, aunque ciertamente con pocos medios para la dimensión de la desgracia.

A mi padre, que fundó esto en el 90, y que hoy tiene 84 años, aún no nos hemos atrevido a traerle aquí, pero echadas las primeras lágrimas – concluye el responsable de Volvo –, lo único que he visto a mi alrededor es gente alzada y trabajando de sol a sol para volver a poner en pie todo esto, empezando por la dirección de Volvo Trucks a todos los niveles, que ha sido firme en manifestar su apoyo y compromiso constante con nosotros ”.

Los verdaderos valores

Hablamos con decenas de voluntarios venidos de… bueno, mejor no ir por ahí. Es que los había de todos los lados. A pesar del pudor al que a veces nos empuja el ejercer nuestro oficio, nadie, absolutamente nadie, nos dijo que dejáramos la cámara y cogiéramos una pala.

Más bien siempre fue al revés. La gente nos paraba porque necesitaba hablar y explicarnos lo que había visto y sentido, como por un miedo irrefrenable a que lo acontecido aquí pueda quedar en el olvido.

El mostrarles nuestra revista y manifestar nuestro deseo de testimoniar la emergencia que esta DANA demanda a nivel humano, material y profesional; abría las puertas de corazones altruistas que no saben de otra cosa que no sea ayudar.

¿Qué se hubieran salvado muchas vidas si se hubiera avisado en tiempo y hora de que un caudal equivalente a cuatro veces el del río Ebro bajaba por el barranco del Poyo, con una virulencia incontrolada, que iba a arrasar con todo lo que encontrara a su paso?. Eso es evidente.

La emergencia, injustificablemente tardía, se produjo en una hora punta de vuelta a las casas después del trabajo. Aquí, además, pequeñas inundaciones que ponen tu garaje con cuatro dedos de agua son habituales, así que la costumbre de ir a poner a salvo tu vehículo es un hábito inofensivo, pero que, en esta ocasión, le costó la vida a muchísimas personas.

¿Que sobran políticos preocupados por la pose o por el rédito electoral y faltan técnicos, expertas y expertos?. Pues también, pero guardamos de momento la energía que demandan tales condenas para tareas urgentes que impone la catástrofe.

A punto de dejar Valencia después de dos días, nos interpela un grupo de jóvenes aficionados al Toyota Land Cruiser 90 y 95, que se coordinan desde toda España.

Adrià, Manuel, Damaris, Cristina, Zacarías, Laura y Rafa son pura alegoría de lo que la naturaleza humana es capaz de albergar cuando sus principios piden ser revisados. “Hasta dos o tres días después de la DANA no se habían coordinados los diversos cuerpos de emergencia, así que con nuestros 4×4 – nos explica Adrià – pudimos trasladar a gente a hospitales, reubicar familias y ayudar a agentes locales a rescatar a gente de los edificios”.

“Nuestros todoterreno – habla ahora Laura, profesional sanitaria que también ha venido de voluntaria –  han sido salvadores en muchos casos, porque hay lugares en los que las ambulancias no pueden circular. La sensación con la que nos vamos es de que les dejamos cuando queda mucho por hacer, pero hemos de seguir con nuestra vida y nuestros trabajos”.

A punto de emprender la vuelta, un furgón de la UME recorre un pueblo de los de la denominada Zona 0 (Catarroja, Alaquàs, Paiporta, Aldaia, Alfafar, Picanya, Utiel, Algemesí, Benetússer, Sedaví, Chiva…) pregonando la presencia de material de primera necesidad en los puntos habituales y la apertura de un espacio para la asistencia psicológica en unas dependencias municipales.

Con la banda sonora de esa megafonía entramos al coche. El eco de tales palabras vienen a refrendar la certeza de que para centenares de miles de personas esta DANA marcará para siempre un parteaguas en su vida.   

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