El transporte italiano estalló

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Ni las grandes empresas, ni medianas o pequeñas como tampoco el autónomo pueden soportar más el encarecimiento del gasóleo y la asfixia que les produce. Las reformas de los gobiernos van todas orientadas en el mismo sentido: subida de impuestos, aumento del precio del combustible y carestía de la vida. La recua politicastra parece totalmente incapacitada para tomar cualquier otra medida que no vaya por ahí.

Con las cosas así, y los actuales precios del gasoil, el costo de un viaje se ha elevado a casi un 63 por ciento, por término medio. Si añadimos el precio del peaje, la situación se torna ingobernable para el empresario.

El Gobierno del tecnócrata Mario Monti ha recibido ya la alternativa ante la imparable subida del gasoil. Tuvo que lidiar con una Italia paralizada durante diez días por los camioneros y taxistas, que plantaron sus vehículos allí donde les cogió la hora de la convocatoria. Empezó con una protesta de transportistas en Sicilia. De ahí que opinadores domados y medios afines a Monti apuntaran rápidamente a la sombra de la mafia como responsables. Lo cierto es que la situación del país, muy similar a la nuestra, fue el mejor caldo de cultivo para que la huelga se extendiese en dos días hacia toda Italia: el resultado, como sucede en estos casos, es que quedó patas arriba en 48 horas.

El lastimoso panorama es el que siempre se afanan las televisiones en enseñarnos por activa y pasiva, para que todo el mundo vea cuán luciferes son los camioneros. Un gremio que no hace otra cosa que defender la leche, la tostada y la formación de sus hijos: gasolineras con el cartel de “chiuso”, “prycas” sin suministros y fábricas de automóviles con sus cadenas montaje suspendidas. Pero cuidado que en esta ocasión la opinión pública (que no es la publicada) estaba firme por y con la causa camionera como defendían varios entrevistados: “Está bien lo que hacen, aunque nos causen problemas. En realidad todos tenemos razones para hacer lo mismo que ellos”, declaraba un automovilista bloqueado.

Cierto es que lo que menos le conviene a cualquiera de los países que vertebran la Unión Europea es una huelga intestinal. Las cuantiosas pérdidas que le suponen o supondrían a sus depauperadas (y saqueadas) arcas públicas son el principal problema, amén del caos que acarrea.

Sin embargo no resulta menos cierto que todas las medidas contra el déficit que toma la piara política sólo van encaminadas a que las pringue el respetable de siempre, entre los que, si me permiten, les incluyo a ustedes y a mí. Aquí, por lo que se oye en algunas áreas peninsulares, los tambores del paro parece que han empezado a sonar. El tam tam de una posible paralización del sector suena con insistencia en determinados puntos. No son pocas las llamadas que llegan a nuestra redacción interesándose por la circunstancia, algo que también manifiesta lo que se confía en las asociaciones. A nadie beneficia una medida de fuerza así. Sólo se justificaría in extremis, agotadas todas las vías de negociación. Aunque aquí, nunca se bajó nadie del pedestal para negociar con el transporte, con el camionero. Igual es hora de que alguien ponga las barbas a remojar, visto el afeitado del vecino Monti.

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