De Wisconsin a Vallecas: el Volvo americano de Pedro Álvarez

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Hijo de camionero y apasionado hasta la médula, Pedro Álvarez tenía la ilusión de poder manejar algún día un camión americano. Y lo consiguió hace once años a través de un compraventa andaluz.

Se enamoró de él y se lo trajo a Madrid, donde lo ha ido customizando a su gusto de arriba abajo. Hoy, este imponente Volvo de Wisconsin es un vallecano más.

Lleva desde los 17 años manejando camiones y no se cansa. Pedro Álvarez (51 años, Madrid) reconoce que, además de trabajo, la pasión por los camiones y la customización es también su afición. Un hobby que, por suerte, comparte con su mujer, Merce.

Volvo americano Pedro Álvarez

Desde que empezara su andadura profesional en la empresa de su padre, con 17 años y a lomos de un F12, Volvo ha sido siempre su debilidad. Por eso, cuando apareció este americano en el horizonte no se lo pensó dos veces: tenía ante sí el capricho de su vida.

Como tantos camioneros, Pedro siente devoción por los vehículos de transporte estadounidenses. Ha viajado con amigos a Texas, Miami y otros rincones de EE.UU. simplemente por el hecho de ir a ver camiones. “Nos metíamos en un área de servicio y allí podíamos pasar las horas disfrutando como niños sentados en un bordillo y mirando cómo entran los trailers”, dice riendo.

Volvo americano Pedro Álvarez

El vehículo estaba en Sevilla. Un compraventa lo había adquirido en Wisconsin. Pedro bajó a verlo un fin de semana, se montó en él, se dio una vuelta y a la semana lo pagó. “Nos fuimos en el Ave Merce y yo y nos lo subimos para Madrid”, recuerda Pedro entre sonrisas.

El vehículo tenía 600.000 km y había dado servicio a la empresa de muebles Ashley Furniture, un gigante de la decoración de casas. Montaba motor Volvo D16 con caja Fuller de 13 marchas. “Era un cambio muy tosco, sin sincro, y además era muy larga”. Al año y medio, Pedro la sustituyó por una caja Volvo de 12 velocidades”.

Volvo americano Pedro Álvarez

Un capricho reluciente

“Hacía tiempo que buscaba un americano”, sigue explicando nuestro protagonista. Tuve un Scania de morro durante cuatro año y se me quedó el gusanillo dentro. La idea era traerme un Kenworth o un Peterbilt, pero el tema de los repuestos es complicado aquí”.

La opción Volvo parecía más razonable: el motor era el mismo que los europeos. “Al final, lo analizas y es igual tener esto que un Peterbilt, reconoce Pedro. “Casi todo lo tienes que pedir allí”.

Volvo americano Pedro Álvarez

Pese a todo, no se arrepiente ni un ápice de su decisión. Tiene su capricho y lo disfruta a diario. “Claro que es más sacrificado. Ahora se han roto los faros y tardan dos meses en llegar. Luego, debido a las dimensiones, el camión solo lo llevo.

Se avería un vehículo en la empresa y ya no puedo hacer como antes, eso de ‘coge tú el mío y yo me llevo el tuyo al taller’. Son pequeños inconvenientes.

Con 1.8 millones de kilómetros a sus espaldas, el Volvo americano ya ha superado varias operaciones mecánicas. “Problemas graves no, pero le he cambiado dos turbos, alternador, embrague, radiador… dentro de lo malo son piezas que las encuentras en un FH de aquí”.

Volvo americano Pedro Álvarez

Los cambios más visibles, sin embargo, están en la parte externa. La obsesión de Pedro por la customización (los 23 vehículos de Alvatrans, su empresa, incorporan cromados) lo llevó a darle un nuevo aire al vehículo. “Le he metido todo el acero inoxidable que le ves.

Traía solo un escape, le puse los dos. Traía parachoques de fibra, yo le puse el grande de acero inoxidable. Las carcasas cromadas de los espejos, muchísimos extras… dinero le he echado una barbaridad, pero claro, me siento en él y voy orgulloso, feliz”.

Después de más de una década junto a Pedro, el Volvo de Wisconsin no parece que vaya a ir a ningún lado. “El día que esto explote, pues tendré que ponerle otro motor.

Pero seguiré con él. Me lo han querido comprar un par de veces y he dicho no. Como dice mi mujer: ‘si este es tu capricho, ¿para qué se lo vas a dar a otro?’ Y no le falta razón”.

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