El Ebro B-45 de Aniceto López

  ·  Fotos:  Asensi Carricondo
Tiempo de lectura: 5 min.

“Lo veía cuando iba al mercado”, “Lo reconozco solo por el sonido”, “Mi padre condujo uno parecido”… De vuelta a su pueblo, todo fueron galanterías para el oído de este B-45.

Albox recuperó a uno de sus habitantes ilustres: un Ebro B-45 que en el siglo pasado un tal Lobico hizo pulular por calles y mercados de este municipio almeriense y sus alrededores.

Eso de volver al pueblo, cada uno en la manera que lo interprete, es algo que con solo mencionarse pone tu mente al compás de todo un repertorio de fundamentos simbólicos de nuestra mejor tradición camionera.

Un ¿qué hay de nuevo, amigo?, cuando se pronuncia de corazón, suele ser el preludio de algo interesante; y López Granados, siendo un mecánico de profesión que no proviene de saga camionera alguna, tuvo el coraje de postularse para modular esta agradecida restauración.

“Un amigo me dijo que sabía en qué cochera se encontraba parado este camión desde hacía más de veinte años e indagamos al respecto. Me puse en contacto con un descendiente de su antiguo propietario, que aquí en el pueblo era conocido por los más veteranos como El Lobico, y enseguida llegamos a un acuerdo.

Cuando recogimos el camión –ríe Aniceto al recordarlo–, como no había llave, conectamos la batería con un puente y aquello tiraba como un cohete. El muchacho que venía conmigo se puso las manos a la cabeza y decía: ‘Pero cómo vamos a parar esto ahora’. Nos fue más trabajoso pararlo que arrancarlo”.

Con el Ebro ya en casa, fue su suegro, de nombre Pompeyo, el que más tiró del carro en la restauración de este modelo, que en nuestro país fue producido hasta finales de los años sesenta.

Pompeyo, hoy ya jubilado, pero chapista en sus años más laboralmente fértiles, dio el visto bueno al camión, tras revisar sus desperfectos en puertas, guardabarros, tapizado, etc.

Agarró el soplete con una mano y el brazo de su yerno con la otra y se dispuso a dirigir una restauración que, por su idiosincrasia ya sabían ambos que no iba a ser fácil.

“Cuando nos liamos de pleno en la obra –nos cuenta el albojense–, fueron surgiendo pequeñas complicaciones que se comían los fines de semana enteros. Para dar con algunas piezas, como la cerradura, había que acudir a Internet o al entorno de los usados.

Finalmente, el caldo gordo de la chapa de la cabina lo dejamos en manos de un profesional, pero la caja y el interior fueron una tarea básicamente nuestra, forjada a base de paciencia y horas de convivencia en nuestro espacio de trabajo”.

ebro b-45

Dejar la caja con su madera original se convirtió en el objetivo principal de Pompeyo y Aniceto. “No entiendo cómo pudo ponerse de moda en los ochenta, noventa, y más tarde aún, el tapar con pintura plástica maderas tan finas y hermosas –se pregunta nuestro hombre–, pero el caso es que así era. Nos encontramos muchas maderas rotas y una a una les fuimos devolviendo el esplendor.

Esa carrocería de madera, con laterales abatibles y un volquete tan espectacular, era la baza que más nos apetecía jugar. De hecho, salvo algunos arreglos pertinentes, poca cosa hemos hecho en todo el interior. El volante, cambio y cuadro de mandos nos apetecía dejarlos tal cual”.

Como en sus tiempos de brega, este Ebro se dedicaba fundamentalmente al transporte de cereal, la caja está forrada por dentro de poliéster. Por ahí no se escapaba ni un granito de sal, que era otro de los productos que a veces se cargaba en este remolque, sobre todo en invierno. “Hay quien me dice que podría hacer una piscina ambulante –ríe–, pero qué lío. Déjate”.

ebro b-45

No sé que opinarían a ese último respecto sus hijos Miriam y Javi, pero igual es mejor no darles ideas. De momento, tanto ellos (cuyos apellidos López Alfonso ilustran la visera) como su mujer, Encarna, se conforman con dar una vuelta de vez en cuando con este B-45, que en el pueblo despierta mucho cariño y en lo que no es el pueblo, tremenda admiración.

“En concentraciones ubicadas por Almería, como Albox o Arboleas, hemos ido a lucir el Ebro entre otros clásicos, pero llevarlo más lejos es complicado, porque su velocidad de crucero apenas pasa de los 60 km/h, y llevarlo en una góndola ya te dispararía el presupuesto. De momento –prosigue Aniceto–, a mí ya me vale con disfrutarlo así.

No he querido matricularlo como histórico, porque me gusta llevar la matrícula original. Podría trabajar con él, porque la ITV la pasa cada medio año sin problema alguno, pero ni se me ha pasado por la cabeza. Aunque me lo planteara, madre mía, con esa dirección has de tener los brazos como dos vigas. Recuerdo que un amigo mío al coger el volante de este Ebro me dijo: “Esto tiene que estar roto. No puede ser que vaya tan duro”.

Desde luego, hay que ver cómo cambió la manera de entender la conducción la dirección asistida, y más en un camión así, al que puedes imaginártelo cargando 5 toneladas de trigo”.

A día de hoy, Aniceto tiene más que suficiente con la felicidad que le aporta el ver a sus hijos disfrutando dentro de la cabina o jugando a cualquier cosa sobre la cama. “Lo disfruto como un chiquillo yo también. Nunca me desprenderé de este camión”.

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