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La India del siglo XXI; el rezo, como seguridad activa

A las seis de la mañana, Karni finaliza la jornada de conducción. Por el horizonte sale el sol y los primeros rayos de sol alumbran un pequeño recipiente dorado que desprende un agradable aroma. Mahendra, su ayudante, está preparando un té de canela, jengibre y pimienta. Esta pausa es su bienvenida después de una noche al volante.

Durante el día es tal el calor, que los chóferes prefieren circular por la noche huyendo de las horas más calurosas, en las que se refugian a la sombra.

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No demasiado lejos del improvisado tenderete y colgados de un árbol, los buitres montan guardia encima del cuerpo sin vida de un camello.

A menos de un centenar de kilómetros delante nuestro está Pakistán, y algo más al norte, la zona atómica donde la India efectúa sus primeros ensayos nucleares.

Durante las guerras entre ambos países (1965-1975), este desierto fue el escenario de las más crueles operaciones militares. Consciente de la importancia estratégica de la región, la India la ha dotado de vías de comunicación y aeropuertos.

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Aún hoy, las relaciones entre los dos países son tensas y los Migs de las  fuerzas aéreas indias sobrevuelan la región cotidianamente a modo preventivo.

Desde el punto de vista geográfico, el desierto de Thar está situado en el corazón de la zona desértica que se extiende desde el Sáhara hasta el Gobi, en Mongolia. Es la región más pobre de la India.

Rajastán, India

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Un agricultor, que dispone de una media de diez hectáreas de tierra, puede llegar a sobrevivir si llueve; algo que no sucede desde hace cinco años.

Karni es nativo de Jaisalmer, la ciudad dorada y uno de los distritos más grandes de Rajastán. Es un rajput, lo distingue el orgullo con el que lleva el turbante y el increíble mostacho tras el que desaparece su cara.

A diferencia de la mayor parte de la población del estado, sabe leer y escribir. De alma guerrera y fieles a sus  tradiciones, los rajputs siempre prefieren el suicidio colectivo a la derrota, mientras que las viudas tenían la obligación de inmolarse para reunirse con sus esposos.

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Esta tradición no fue prohibida por el Gobierno hasta 1987. Los abuelos de Karni condujeron caravanas de camellos a través del desierto, atravesando fronteras e ignorando el confort de las ciudades.

Su padre no hizo más que sustituir el animal por el camión para hacer exactamente lo mismo que su predecesor. Karni también ha seguido la tradición familiar. Es propietario de un Tata naranja y circula por todo el Rajastán, que conoce como la palma de su mano.

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No viaja jamás sin su ayudante, que se ocupa de todo aquello que no concierne directamente a la conducción.

Conducir un camión es, aquí, un oficio de señores. El puño sobre la bocina y el pie en el suelo, así es como se resume el arte de la conducción india.

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Rajastán, India

A pesar de que circulamos por una región desértica, el tráfico es bastante denso: bicicletas, camellos sobrecargados, motocicletas y caballos. Karni se dedica a hacer slalom por el asfalto sin aminorar.

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La mayoría de los camiones que nos cruzamos son Tata decorados como árboles navideños. Si la tecnología punta no es lo que se espera en este tipo de vehículos,  sí lo es la decoración desmesurada.

En un gran pueblo, mientras esperamos alrededor de un fuego rojo, una moto cruza la carretera sin mirar y es arrasada por un camión que ha llegado a toda velocidad. La primera reacción del chófer es abandonar el lugar de los hechos y darse a la fuga corriendo, pero la presencia de la muchedumbre y policías le hacen cambiar de opinión.

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Sin la presencia de estos últimos, seguramente habría sido linchado por los aldeanos encolerizados, aunque no sea el responsable directo del accidente.

Mientras a nuestro Tata le tiemblan las piezas y a falta de hacer explosionar los pistones yendo a 60 km/h, un Volvo nos rebasa al doble de velocidad.

Es la primera vez que vemos uno en esta parte del mundo y su aparición es tan incongruente como una piscina en mitad del desierto.

El grupo Volvo puso el pie en la península india a través de su fábrica de Bangalore, la capital del Sillicon Valley indio. El crecimiento industrial del país está a punto de brotar notablemente a causa del talento indio en todo lo que concierne a la informática, y el Gobierno parece decidido a recuperar el retraso que el país acusa en cuanto a sus infraestructuras.

En cincuenta años, la India no había construido más de 556 kilómetros de autopistas, pero en 1999 se presentó un proyecto de 14.000 km a construir en los siguientes 10 años, y aunque con algo de retraso, el proyecto Golden Quadrilateral está en marcha. Un ambicioso programa que unirá las cuatro grandes ciudades del país entre sí.

Rajastán, India

Sin duda, demasiado ambicioso, si tenemos en cuenta la terrible burocracia india que paraliza en gran medida la economía del país desde su independencia, las querellas políticas y, sobre todo, la corrupción que vive la región.

Sin embargo, esto no impide a Volvo jugar y apostar por el mercado indio. Incluso su progresión de ventas es del 20 al 25 %, que mejorará proporcionalmente con la nueva red de carreteras. Pero el mayor freno al desarrollo de Volvo en la India reside en la seguridad y la falta de conductores profesionales.

Allí conducen de forma suicida y ruegan salir airosos cada día en las oraciones cotidianas y las donaciones de dinero que dejan a pie de los templos que se suceden en la carretera.

Para qué respetar las bases más elementales de seguridad si tienen a los dioses de su lado por algunas monedas… No obstante, Volvo cuenta con algunos conductores profesionales expertos que se dedican a formar a los que compran un vehículo del fabricante sueco.

Rajastán, India

Este programa se lleva a cabo en su fábrica, con el fin de facilitar una formación completa tanto en el mantenimiento de los camiones como en la conducción segura y eficaz.

Hasta hoy, el constructor de Goteborg ha formado a más de 3.000 conductores.

Las carreteras, con el tiempo, desaparecen bajo la arena y es necesario una conservación rigurosa. Por toda la red se ven finas siluetas de mujeres enfundadas en su sari, traje típico femenino, que trabajan con ayuda de palas y grandes cestos. Llevan los brazos, pies y orejas llenos de joyas tradicionales.

A la cadera de estas mujeres se suele agarrar un pequeño mientras trabajan. El Gobierno las emplea en la construcción o el mantenimiento de carreteras.

Ellas son las que cavan pozos y zanjas, las que rellenan con alquitrán los baches y las que sirven combustible para usar en las cocinas. El estatus de mujer no es demasiado envidiable en muchos lugares del mundo, pero en Rajastán es particularmente duro.

Rajastán, India

Al este de Jaisalmer no hay más que la frontera con Pakistán. Se aconseja a los extranjeros que no se acerquen a causa de los militares a la espera del espionaje, pero también por las minas que en cualquier momento pueden explosionar.

La armada se ha entrenado durante muchos años utilizando material pesado. En esta India del siglo XXI que se transforma a una velocidad vertiginosa, Karni ha debido adaptarse a los gajes del oficio de la vida moderna.

Al volante de su camión, participa de esta formidable aventura en la que su país se ha lanzado. Su futuro dependerá del lanzamiento y del buen transcurso del proyecto de país en el que toda una nación se ha involucrado.

No obstante, los viejos demonios del continente, la burocracia y la corrupción, serán los dos grandes retos a superar. Karni confía en su buen karma.

A lo lejos pasa una caravana de camellos. Que el cielo proteja a Rajastán de nuevos males y, en definitiva, deje que disfrute un poco de esta felicidad que le ha hecho tanta falta desde hace mucho tiempo.

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