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Ford AA de José María Martínez, meciendo la historia

La presencia de este Ford AA impone, seduce y crea expectativas. Cuando arriba a una concentración, ya sea por propia rueda o a lomos de una bella grúa Mercedes, transformada también por José María, la curiosidad general está asegurada.

A pocos años ya de cumplir su centenario, nos encontramos ante un modelo que ha pasado de ser una herramienta robusta para las más cualificadas tareas en aquel primer tercio del siglo XX, a convertir inmediatamente en museo al aire libre cualquier estancia exterior en la que se ubique su hechicera arquitectura.

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En la lonja que posee en su Almería natal, Pepe aglutina piezas de gran valor, ya no solo económico, que finalmente viene a ser prácticamente lo de menos, sino emocional.

Ford AA de José María Martínez

Porque dígame, querido lector, ¿Qué valor tiene un surtidor de gasolina de 1910, un semáforo centenario, gatos, baranda y patas de araña de época, un bidón en los que Campsa transportaba gasolina, latas de aceite y toda suerte de herramientas, a cuál de ellas más antigua, descatalogada y única?

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Pues muy sencillo: el valor que tú le quieras dar. No hay mercado regular de los sentimientos que cotice en Bolsa alguna.

En dicha nave pasa buena parte de sus momentos, seguramente sus mejores momentos, este andaluz de buena ley, ya sea solo o charlando con amigos, haciendo una barbacoa o manoseando los clásicos allí reunidos.

En su prominente colección, además de la ya mencionada grúa Mercedes, también hay que añadir un Mini Cooper 1300, un vehículo con ruedas de madera y una Harley. “Por fuera parece un edificio vulgar –explica José María sobre su local–, pero dentro se concentran mis sueños de toda la vida, con nave, taller, bar y una oficina en la que tengo recopiladas centenares de fotos valiosísimas, sobre todo de los años treinta”.

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Ford AA de José María Martínez

De la intemperie al calor

Este Ford llevaba muchísimos años prácticamente abandonado en un pajar de Granada. “Lo mío –afirma con una amplia sonrisa– sí que fue literalmente encontrar una joya en un pajar. El dueño al parecer era un diplomático con residencia en Bruselas, que en su cortijo granadino tenía este vehículo.

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Durante mucho tiempo estaba aparcado bajo un pino al aire libre, hasta que algunos empleados se apiadaron de una belleza automotriz tan injustamente tratada y le solicitaron al dueño el poder meter el vehículo en un espacio cerrado. En su chasis se acomodaban alpacas de paja, y así es como me lo encontré yo. Era el año 95 y llegué a un acuerdo con el dueño para que me lo vendiera”.

Ese trámite fue relativamente sencillo para nuestro protagonista, pero no lo fue tanto el de restaurar un vehículo tan ostensiblemente deteriorado. Por lo que le dijeron al comprarlo, esa camioneta había transportado desde piedras, estiércol y cañas hasta enfermos y mujeres a punto de dar a luz, en algunas ocasiones especiales en las que fue encomendado a ejercer de vehículo ambulancia.

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Dentro de la expansión de Ford por Europa a partir de 1928 con su modelo A, el fabricante norteamericano había creado un nuevo programa de carrocería con el nuevo chasis AA de camiones de una tonelada y media, de forma que José María sabía que esta firma albergaba un estupendo y muy amplio catálogo de aquellos primeros modelos de Ford.

Con esa certidumbre, Pepe elaboró un extenso pedido a la fábrica de Ford en EE.UU., en el que solicitaba un motor, seis cubiertas nuevas y accesorios de todo tipo. Tiempo después llegó el encargo al puerto de Málaga, pero al aduanero de turno le dio por poner las cosas difíciles y lo obligó a pagar unos aranceles inasumibles, porque sostenía que eran productos para una posible reventa.

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Ford AA de

Pepe no accedió en primera instancia y se fue, pero un operario de dicha aduana, que había escuchado horas antes la conversación entre él y su compañero, lo llamó por la tarde, aprovechando que este último estaba en un entierro, para hacerle él mismo el trámite con el que llevarse la mercancía de Ford, pero con unos aranceles razonables. “Me asusté al principio –afirma el almeriense–, pero, por suerte, todo acabó bien”.

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A remangarse tocan

En un primer momento, el Ford cayó en manos de un chapista que, según palabras textuales de José María, cobraba mucho y arreglaba poco, así que decidió llevarlo de vuelta a su cochera y ponerlo sobre cuatro caballetes.

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Con su amigo Juan empezó por desmontar el grupo, sacar la caja de cambios y hacerle zapatas, frenos y demás. “El motor es de 4 cilindros, con un cambio de 4 marchas –nos relata–, igual al de un Ford que había conducido mi padre. En el eje del diferencial delantero tenía grabadas las iniciales AA. Cabina y chasis se pintaron y restauraron por separado, mientras un carrocero hizo una caja de madera, cuyo diseño fue idea mía”.

Las labores de pintura y electricidad fueron las últimas en ser emprendidas, hasta dar con un resultado que raya la obra de arte. Entre sus accesorios de lujo cabe destacar sus luces traseras en verde y rojo, para dar paso a los vehículos que vienen por detrás; o el tapón del radiador que destaca en el capó, con un ave reluciente en la parte posterior.

Desde el puesto de conducción puede observarse en dicho tapón un termómetro que te informa sobre la temperatura del radiador del agua, representado en una bolita roja que va subiendo cuanto mayor es el calentamiento.

Ford AA de José María Martínez

«Se podría decir que la considero acabada en cuanto a detalles interiores y exteriores. Todos los accesorios son originales, desde el gato con caballetes hasta la caja de parches y la prensa para ponerlos, la lata de aceite o el bombín de aire. No obstante –aquí vienen los puntos suspensivos–, me encantaría encontrar un extintor antiguo de camión, con un soporte cromado junto al embrague”.

A sus 61 años, la pasión que este andaluz siente por el camión no ha menguado un ápice desde que, siendo un recién veinteañero, compró un Sava 217. “Mientras mis amigos preferían gastarse el primer dinero en un coche para pasear con su novia, yo ya quería un camión para trabajar. Desde entonces –concluye– no he parado de estar en un volante”.

Ford AA de José María Martínez

En la actualidad, aunque trabaja con una cisterna de agua, Pepe pasa por un momento de impasse profesional, que espera resolver muy pronto. Hasta entonces, el calor de la gente seguirá siendo su tentempié, y su nave, cómo no, ese santuario en el que descansar cuerpo y mente.

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