Fruto de ese mito vigente, con más de setenta años de camionera historia, que es la Panadella, la familia Queralt, con su ínclito impulsor Manelet a la cabeza, proyectó las primeras molduras de El Bruc en 1978.
Si un padre percibe la felicidad más auténtica al sentir que su hijo ha prosperado más que él mismo, algo similar puede observarse al carear el día a día de ambas estaciones de servicio, que cada noche albergan en torno a 200 camiones, de los que dos terceras partes descansan en El Bruc.

Precisamente son los 10.000 m2 añadidos últimamente a su espacio en sentido Lleida, que vienen a unirse a los 25.000 ya habilitados en dirección Barcelona, lo que nos ha traído hasta aquí. En el comité de bienvenida que nos atiende están las esencias de la casa: Conchita, presidenta; Josep, director; Ignacio, gerente de la Estación de Servicio, María, supervisora y Carmina, responsable de comunicación.
Cada cual en su parcela firma un notorio perfil profesional, pero el tic tac que marca el ritmo de la empresa es colectivo, y en él se acompasan más de 100 seres humanos a diario en surtidores, tiendas, oficinas, barra y cocina. “Yo empecé a servir en La Panadella con 18 años –nos dice Conchita, a sus 70–, y desde el primer día mis padres, Manelet y María, me inculcaron la idea de ayudar y dar afecto a los carreteros que paraban aquí. Limpiando cristales o sirviendo platos –alega con humildad– es como se tendría que formar primeramente un buen jefe para saber mandar con criterio. Así me lo enseñó mi padre, y esa ha sido la inspiración de mis hijos”.

Visionario empresarial
La esencia que todo lo anuda se asienta en el ya fallecido Manel Queralt, que siempre supo aunar capacidades, objetivos y habilidades. Con las aperturas de los túneles del Bruc y las distintas transformaciones que han ido conociendo la N-II y la subsiguiente A2, esta área siempre vio en ello la oportunidad de marcar unos propósitos, ligando íntimamente su sensación de satisfacción laboral a la mejora de la calidad de vida camionera.

El potencial natural de El Bruc es incontestable. Situado frente a las siluetas únicas de la montaña de Montserrat, y a poco más de 20 km de Barcelona y sus centros neurálgicos más importantes, a ella se entra por una vía comodísima para cualquier camión, por especial que sea el porte que lleve. Una vez dentro, el profesional se encuentra con un auténtico Truck World pensado para su bienestar, durante 24 horas al día y 365 días del año. Mientras un operario llena el depósito, el camionero puede ducharse gratuitamente, utilizar el wi-fi libre o beneficiarse de la promoción de turno que se esté desarrollando con la puesta de carburante o los descuentos derivados de la tarjeta Repsol. Cualquier contingencia mecánica puede atenderse con prontitud, sea allí mismo o en talleres asociados en localidades vecinas de El Bruc e Igualada.

Con 35.000 m2 de zona asfaltada para estacionar, huelga decir que nunca falta un espacio libre, señalizado y custodiado por cámaras de vigilancia, cuyas imágenes puede el cliente visionar desde el interior.
En la tienda hay rotación constante de artículos, con puntos adicionales para producto con denominación de origen, ecológicos o con peculiaridades nutricionales específicas. La cocina es casera, de sello mediterráneo y con horno propio.

Si se decide hacer noche, tener el local abierto y la cocina en marcha las 24 horas da una sensación de seguridad impagable al profesional cuando echa la cortinilla para dormir en la Estación de Servicio El Bruc.
Para nuestros anfitriones, con Conchita a la cabeza, no hay laboratorio más potente que un trato directo y saber escuchar. “Del contacto diario con el transportista nos nutrimos. Solo ahí -concluye- radica nuestra felicidad laboral, porque esa fue siempre la filosofía de mi padre, que se nos fue a los 94 años, orgulloso de ver con sus propios ojos la última ampliación del Bruc: que el camionero se sienta aquí en su casa y en ella se mueva con plena libertad”.








