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Camiones en las calles de Nueva York

Desde la azotea del edificio Rockefeller, en pleno Midtown de Manhattan, la isla se exhibe ante uno en todo su esplendor y exuberancia. Al sur, junto al agua, las imponentes torres de cristal levantadas sobre los cimientos color dólar de Wall Street.

Desde allí y hacia el norte, casas y edificios bajos en un tapete de ladrillo bastante regular que se rompe de golpe cuando emerge el Midtown y sus moles pétreas, de entre las que destacan el edificio Chrysler, el Rockefeller y el eterno Empire State Building, el mismo que escaló King Kong en su huida desesperada, quién sabe si para huir del endiablado tráfico.

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Aquí arriba, el ruido de los vehículos queda silenciado por la altura. Es, junto a Central Park, el único lugar de la isla en donde el sonido de motores y cláxones desaparecen por completo.

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Abajo, la sinfonía que suena refleja a la perfección el espíritu de Manhattan: frenética actividad –en el asfalto y en las aceras– y prácticamente ininterrumpida. Decía Sinatra que Nueva York es la ciudad que nunca duerme.

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Pues bien, la isla de Manhattan refleja a la perfección esa metáfora. Oficinas, negocios, restaurantes, bares, tiendas y supermercados son el marcapasos de la urbe, el tambor que marca el ritmo al que debe fluir la circulación.

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Y luego está la constante renovación. Edificios que nacen, calles que se pavimentan… un “non stop” desmedido que se palpa en cualquier barrio, desde el Downtown hasta Harlem.

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Sobre el enorme tablero de damas que es Manhattan y su entramado cuadriculado hay sitio para todo tipo de vehículos profesionales. Y los pesados tienen su hueco, pese a que uno diría que las restricciones son infinitas. El caso es que es muy común cruzarse con Peterbilt, Kenworth e International en cualquier zona, incluso en las callejuelas de Wall Street. Es un auténtico cajón de sastre.

A los camioneros y ciudadanos en coche se les suman los taxis, repartidores kamikaze en bici, peatones despistados con la vista pegada al smartphone, turistas con el cuello descoyuntado de tanto mirar hacia arriba y todo un sinfín de furgonetas y ligeros que desempeñan las funciones más variopintas, desde los típicos repartidores de paquetería o los transportistas de género alimentario hasta los transportistas de obras de arte, ropa para las tiendas de Chinatown y camiones de obra.

Sorprende a primera vista que en un lugar con tal cantidad de densidad de población y sus consiguientes problemas de tráfico puedan coexistir pacíficamente todo este parque móvil.

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No es que la ciudad sea un Salvaje Oeste posmoderno donde cada uno campa a sus anchas, pero aunque a diestro y siniestro aparecen señales reguladoras –algunas imposibles de descifrar– da la sensación de que todo fluye bajo la filosofía del vive y deja vivir.

Pueden verse patrullas de tráfico con bastante frecuencia circulando por las calles, pero uno diría que sólo entrarán en acción cuando toque hacer una persecución hollywoodiense, y no para controlar a un transportista aparcado en zona de carga y descarga.

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Obviamente –como hemos dicho– existen reglas claras sobre horarios de trabajo, zonas de estacionamiento, áreas libres de tráfico pesado, etc., pero parece que el profesional sólo encontrará problemas si se salta la regla básica: el sentido común.

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Más allá de eso, se trata de trabajar al estilo Jack el Destripador: de manera eficaz, rápida y sin hacer mucho ruido. Todo aquel que se desvíe de este sagrado precepto correrá el riesgo de recibir una sonora pitada acompañada de improperios de todo tipo o, en el peor de los casos, una multa.

Al sur de la isla, cerca de Battery Park, el Distrito Financiero es un hormiguero de obreros con peto fluorescente. Hora de comer. El “lunch”, que dicen por aquí. La mayoría se dirige hacia Zuccotti Park, a dos cuadras de la Zona Cero. Doce años después de los atentados del 11-S, esta parte de la ciudad continúa en pleno proceso de remodelación.

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Legiones de trabajadores de las obras aprovechan la pausa para juntarse en los bancos del parque y echar un bocado antes de volver al andamio o al volante. La calle que cruza esta plaza por su lado este registra un tráfico exagerado de hormigoneras, grúas y dumpers.

A pocas cuadras de allí, junto a la Bolsa, una cuadrilla de hombres descarga tablones de la caja de un camión mientras otros transportistas aparcan como pueden sorteando las hordas de turistas que buscan la foto junto al toro de Wall Street. La actividad de reparto de paquetería aumenta en esta zona, repleta de firmas financieras, bancos y empresas bursátiles.

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Furgonetas de FedEx, US Postal Service y UPS bajan Wall Street en procesión, y sólo se desvían para sortear taxis o estacionar junto a algún edificio. Las calles son de un único sentido y la policía tiene prácticamente sitiada el área, por lo que el trabajo aquí no resulta sencillo.

Rumbo al norte, a la altura de Little Italy, la isla recibe a ambos lados dos de los accesos más importantes: en el lado este, el puente Williamsburg, y en el oeste, el túnel submarino Holland. A primera hora de la mañana, tanto la vertiente este como la oeste registran un movimiento elevado de vehículos pesados en esta zona.

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Sin embargo, el tráfico de estos accesos –o de otros como el túnel Lincoln o los puentes Brooklyn, Queensboro o Manhattan– nunca llega a ser tan elevado como en el caso del George Washington, que une el norte de la isla de Manhattan con New Jersey.

Se trata del puente con más tránsito de vehículos del mundo, con cerca de 102 millones de desplazamientos al año (280.000 al día). Una locura. Como arterias y venas, cada uno de estos accesos funciona a modo de vía de entrada y salida de flujo energético, aunque el tráfico rodado está restringido tanto en horarios como en accesos.

Rumbo norte, en el barrio del Soho, las calles de adoquines y los edificios de ladrillo con escalera de incendios sirven de telón de fondo a un nutrido grupo de transportistas que durante la mañana les toca trabajar en este barrio, la zona más bohemia de Manhattan. Aquí, los bajos de las viviendas están ocupados por innumerables galerías de arte y tiendas de diseñadores de moda.

Pese a que las señales advierten de la prohibición de parar en ambos lados de las vías, los vehículos que nutren de obras y ropa estos establecimientos trabajan sin más agobios estacionados junto a la acera.

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Rumbo al Midtown por Broadway, el paisaje va mutando hacia edificaciones cada vez más altas y negocios menos artísticos. Regresa de nuevo el goteo incesante de repartidores de paquetería, que se mezclan ahora con las habituales camionetas multiusos de los fontaneros, electricistas y pintores y los camiones de reparto de frutas y verduras.

A partir de la calle 34, la arquitectura se dispara en vertical y las calles concentran el mayor número de vehículos. De todo tipo.

Los edificios de oficinas –fortalezas de cristal y acero– esconden en su parte baja, a la altura de la acera, muelles de carga y descarga donde camiones y furgonetas recogen y entregan sus mercancías. Es tal la cantidad de gente que trabaja o visita estas moles, y tantos los servicios que se ofrecen en su interior, que el flujo de vehículos de transporte es prácticamente constante las 24 horas del día.

En sus alrededores, carretilleros uniformados –y no uniformados– caminan a toda velocidad sorteando a ejecutivos con gabardina, turistas y transeúntes que no se sabe muy bien dónde van, pero que lo hacen con mucha prisa. Es, quizás, la parte de la isla donde el ruido del tráfico está más presente, sobre todo el sonido de los cláxones.

El neoyorquino no destaca por su paciencia al volante. Trabaja estresado y siempre con prisa. Dos defectos generados, seguramente, por el propio latir de esta ciudad imposible que fascina y genera rechazo a partes iguales, y cuya impresionante actividad vive del incesante ir y venir de los transportistas.

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1 comentario en «Camiones en las calles de Nueva York»

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