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Soy camionera: Natalia Slipenko, vencer el muro

Nació en 1970 en una Ucrania, integrada a la sazón en la Unión Soviética, en la que una mujer tenía ese destino que para tantas otras mujeres marca la vida en buena parte del mundo: casarse muy joven y formar una familia. Natalia lo hizo a los 19, y cuatro años después ya tenía a sus hijos Sergio y Katerina.

Entre el nacimiento de uno y otro, su país se acostó un día soviético y se despertó independiente. Nada había preparado par afrontar tal reto.

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Ni siquiera valía el dinero que uno podía tener ahorrado, que se lo quedó Rusia por entero.

Camionera Natalia Slipenko

En los cinco años que siguieron a la independencia de Ucrania, en 1991, muchos trabajadores solo recibían a cambio de sus horas de labor un papel en el que figuraba la cantidad de dinero que se les adeudaba. Unos recibieron algo.

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Los más, nada, aunque nuestra protagonista nos recuerda que nadie por ello dejó de ir a su puesto de trabajo ni un solo día.

Con 31 años, y sin más reseñas que las de una compatriota amiga que vivía en Burgos, Natalia recaló en esa capital castellana, en la que ya lleva más de 15 años, y de la que espera no irse nunca.

“Limpié casas e hice algún curso de cocina para trabajar en restaurantes, pero desde el primer momento tenía metido en la cabeza el conducir un camión.

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Estuve cuidando de unos señores, que me trataron como a alguien de la familia, y muy rápidamente aprendí a hablar español. Por fortuna –prosigue Natalia–, me saqué el carnet de coche y encontré trabajo repartiendo periódicos.

Se acercaba más a lo que yo deseaba, pero aún no era lo que verdaderamente ansiaba, que era conducir uno de los grandes. Nadie me metió la idea en la cabeza. Fue una cosa que surgió de mí misma.

Camionera Natalia Slipenko

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A Pamplona hemos de ir

Con su permiso en la mano, Natalia se hizo con un Mercedes Actros de renting y consiguió trabajo en la compañía GEODIS, con sede en Pamplona. “Al principio fue chocante abrirse paso en un mundo mayoritariamente masculino, pero no puedo hablar más que positivamente de mis compañeros de profesión.

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La gran mayoría se desvive por mí. Me ayudan en las cargas o descargas y nunca he sido objeto de agravios machistas. Alguna vez –sonríe– me ha pasado que alguien quiere dormir en mi cabina, pero con educación y buenas palabras nunca ha habido malos entendidos”.

La conversación con Slipenko en los páramos de Castilla transcurre plácida, con ese acento español tan característico de un europeo del Este, que se come los artículos como un niño los caramelos: “Camión es mundo de hombre y hombre domina este mundo”.

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Camionera Natalia Slipenko

No obstante, tras ese dulce y armonioso acento se encuentra una mujer curtida, que dice no pasar nunca miedo en el camión, por más que haya recorrido Europa, de Portugal a Dinamarca, o de Italia a Alemania. El mundo, como diría Jeanette, le ha hecho así.

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Con 5 años perdió a su padre en un accidente de moto y, con una madre obligada a trabajar duro, Natalia pasaba muchos días en la guardería sin verla. Una infancia escarpada que acabó en la boda antes referida.

Entrada en Joanca

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Al Actros le sucedió un MAN, también de renting, pero hace poco más de un año Natalia consiguió que una empresa burgalesa como Joanca Logística, con más de medio siglo de presencia en la provincia, y que cuenta con casi un centenar de tráilers y corresponsalías en buena parte de los países de Europa Occidental y del Este, accediera a dar por bueno su currículum.

Camionera Natalia Slipenko

El día en que hablamos con ella ha descargado en Loreal y se dispone en breve a cargar congelado para Portugal. Casi todos los días duerme fuera, pero el fin de semana lo comparte con su hija, que estudia en la Universidad de Burgos.

Natalia insiste en no haber sentido jamás rechazo ni por ser mujer, ni por ser ucraniana. Solo tiene palabras de agradecimiento para sus colegas españoles y, en ocasiones, cuando se ha encontrado con algunos chóferes de su país en un área de servicio, a los que le dice que ha llegado en camión, estos se creen que viaja en autostop.

“Es muy difícil cambiar ciertas mentalidades – afirma con media sonrisa–. En Ucrania es casi imposible ver a una mujer sola en un camión. Las carreteras son ínfimas, los vehículos viejos y, por supuesto, no existe el tacógrafo”.

Camionera Natalia Slipenko

Nuestra mujer, que no ha llegado aún a los 50, expresa el deseo de seguir en Joanca hasta su jubilación. En el pasado albergó la idea de comprar su propio camión, pero ya la ha descartado.

“Nuevo es muy caro y de segunda mano has de saber cuidarlo. Como chófer trabajo mucho fuera de casa, pero tengo la tranquilidad de tener mis vacaciones y poder visitar de vez en cuando a mi familia en Ucrania”.

Nos despedimos, aunque antes de poner rumbo hacia Portugal, Natalia, que ya ha cogido la debida confianza con quien estas líneas os escribe, me confiesa que el camión le ha ayudado a reafirmarse como persona y superar los malos momentos.

“Cuando tuve que dejar a mis hijos en Ucrania pasé por varias depresiones, pero el camión ha servido para que yo me integre en esta sociedad. En él –concluye– nunca he encontrado la soledad.

Camionera Natalia Slipenko

Muchas de mis horas en la cabina las paso escuchando unos audios de psicología que me ayudan a crecer como persona”.

Natalia visita cuando puede a su madre y hermano en Ucrania, pero es en Burgos, un lugar de temperaturas caribeñas, en comparación con las de allí, donde ella espera cumplir sus deseos más profundos: seguir haciendo ruta y cuidar de sus futuros nietos.

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