Mientras Javi, Raúl y el equipo de personas de la organización ultimaban los detalles, los primeros camiones fueron llegando al recinto ferial de Atarfe. El más madrugador fue, como de costumbre, nuestro Lobo Rafael, que llegó al mediodía. Había estado limpiando el camión en su paraíso campestre y no quería que una de esas tormentas que tanto daño hicieron en esa época se lo manchara de barro.
Muy poco a poco llegaban más tractoras, incluso enganchadas como las de Galano o Transnozal, para aprovechar mejor el viaje a este encuentro. En esta situación económica en la que nos encontramos, venir sólo con la tractora es un lujo, a no ser que seas de los alrededores y no tengas que hacer muchos kilómetros. Algunos camioneros apasionados por las concentraciones no pudieron acudir al no encontrar carga para venir desde el norte del país.
Debajo de la carpa de la organización, esa que tan llena de gente estaría mañana pero ahora se encontraba vacía, nos sentamos a la luz de un foco y charlamos largo rato. La noche es fresca y agradable y no invita a marcharse al hotel a dormir. Sólo la llegada de un nuevo amigo o los bocinazos con que nos saludan los camiones que transitan por la A 92 perturban la tranquilidad.
Un repaso a la historia
Hablamos del transporte en la actualidad, de cómo se trabajaba hace años, de aquel accidente en el que el camión quedó siniestro total, pero también de que tienes que pasarte por casa para ver a tu hijo pequeño porque llevas toda la semana de ruta sin verlo. Motor y corazón. Nosotros ya lo sabemos, pero los demás olvidan que dentro de esa caja de acero que molesta en la carretera hay un ser humano. Al final el cansancio de la semana y la previsible fiesta por venir nos hacen marcharnos a la cama.
El sábado amanece tranquilo en el recinto ferial, casi podría decirse que en exceso. En todas las concentraciones sucede lo mismo: estamos esperando la llegada de los camiones, comentando quién va a venir y quién no puede, contando los que hay ya aparcados, miramos al reloj y pensamos… ¡uy, que aquí no viene nadie! El público entra, da una rápida vuelta y se marcha. Los participantes van llegando espaciados en el tiempo, algunos se han marchado para lavar el camión… Pero lo cierto es que no habíamos contado con el poder de atracción de las migas alpujarreñas que el chef José Miguel nos estaba cocinando.
Cuando se aproximaba la hora de la comida empezaron a llegar camiones y más camiones, formando retenciones en la calle de acceso al recinto. Poco a poco iban entrando y estacionando, con la ayuda e instrucciones que daba Raúl a los conductores, para formar ese pasillo central que tantas veces recorreremos viendo camiones a izquierda y derecha, apreciando esos detalles aerografiados, esas llantas y escapes cromados, pero también el montaje de una pluma o un pulpo chatarrero, o la caja de carga de un rígido, porque esta concentración acoge a cualquier tipo de camión, del más tuneado al más sencillo repartidor. En el ambiente se notaban las muchas ganas de pasarlo bien que traían los camioneros y sus familias.
Empieza el festejo
El Pesca llegaba con una peluca estilo rockero, acompañado por José Manuel, también con peluca rosa; el camión del Mirindilla había ganado un caballo extra que además sabía conducir; los integrantes de la peña camionera Yo no tengo disco, ¡Ehhh! hablaban por la emisora para permanecer juntos con el fin de hacerse la foto de todo el grupo… Al final se hizo tarde para comer, pero la verdad es que con tanto lío nos habíamos olvidado del estómago.
Tras la comida la sobremesa fue corta. A pesar del calor era el momento de pasear entre los camiones fotografiándolos con la familia, los amigos o con mayores veteranos de la ruta que se reencontraban después de mucho tiempo. Los propietarios enseñaban los tapizados de las cabinas, equipos de música con grandes y potentes altavoces, el motor Cummins de ese Kenworth que tanto llamaba la atención y contestaban preguntas sobre los camiones clásicos que también participaban.
Éste era también el momento de disfrutar para los más pequeños, si es que no habían disfrutado ya con esas máquinas tan grandotas y que hacían ruido como la de papá. En un castillo hinchable no dejaban de dar saltos y gritos disfrutando. Además, con dos preciosas tractoras como decorado, un cañón intentaba enterrarlos bajo blanca y suave espuma, a veces en tal cantidad, que los niños se zambullían en ella y desaparecían de la vista para emerger después con un aspecto algo parecido a un muñeco de nieve.
Los mayores tampoco quisieron perderse tanta diversión, así que allí se metieron Galano, El Pesca y otros conductores. Si para los niños había prudencia al soltar la espuma, con los mayores no hubo piedad, por lo que con toda la ropa acabó empapada y hasta se perdió alguna chancla entre tantas burbujas. Al terminar tendrían que lavar un poco las tractoras para quitarles los restos de jabón antes de salir al desfile.
La tarde seguía avanzando y coches cargados de gente llegaban hasta el recinto para participar en la fiesta camionera. Continuaba el paseo entre los camiones, que a veces se interrumpía para acercarse a la barra que bajo la carpa estaba instalada, tomar alguna bebida refrescante y permanecer un rato sentado a la sombra. La hora del desfile ya se acercaba y se notaba que la emoción iba creciendo, porque se empezaban a escuchar más bocinazos y algunos camiones encendían todas las luces con las que iban equipados para comprobar la brillante apariencia que mostrarían al público.
Cae la tarde
Pasadas las ocho de la tarde, un poco más temprano que en otras ediciones, la caravana comenzó a moverse enfilando la avenida de América hacia el centro de la localidad. Como en otras concentraciones, se puede decir que éste es el acto principal, así que no se perdió la oportunidad de derrochar alegría y buen humor frente a los vecinos que contemplaban el desfile por las calles. Hasta un tren de carretera magníficamente decorado de la empresa británica Matthew James llegó justo a tiempo para ver el espectáculo. Es una pena que no se quedara más tiempo para hacerle unas fotos, conversar con sus conductores y que disfrutaran de la hospitalidad de esta gente de Granada. Y cerrando la caravana, unos viejos conocidos de todos: el grupo de Cántabros en el Jarama con algún vasco “infiltrado” entre sus filas.
Ya de vuelta y con los camiones aparcados, volvía un poco la tranquilidad. Era el momento de continuar conversando con los amigos y hacer un poco de tiempo hasta que sirvieron la cena. Después ya se sabe: buena compañía, buena música por si apetece bailar, bebidas fresquitas, buen ambiente… La nota divertida la pusieron El Lobo y Galano. Aunque la noche no estaba fría, se vistieron con unas chilabas que Rafael había comprado en uno de sus viajes por Marruecos.
Y así se presentaron los dos, caminando hombro con hombro y tapada la cabeza con la capucha, bajo la carpa. A Galano le delataban los rizos de su pelo, pero el Abuelo parecía un auténtico sabio o un mago de película fantástica. A más de uno le arrancaron una sonrisa al verlos aparecer y reconocerlos al cabo de unos segundos.
La fiesta continuó hasta que los últimos se acostaron a eso de las cinco de la mañana, por eso el domingo había que tomárselo con calma para recuperarse y volver al trabajo en buen estado. Algunos se quedaron a dormir en la cabina y al despertar se fueron a desayunar a la cafetería más cercana. Otros bajaban del camión somnolientos, con una toalla y un frasco de jabón, y se encaminaban a los servicios con el fin de asearse y despejarse con un poco de agua fresca sobre el rostro. Había quien tenía más prisa y, bien descansados en casa o en el hotel, abandonaba la concentración porque tenía que partir ya de viaje.
Los camiones seguían estacionados formando el pasillo por el que ahora paseaban nuevos curiosos en busca de esa foto que luego se enseñarían a quien no pudo estar presente. También era el momento de intercambiar unas palabras con esos amigos con los que, por el ritmo de trabajo, te cruzas con ellos, les ves aparcados, les das una pitada, pero no puedes estrecharle la mano, darle una palmada en la espalda, mirarle a los ojos y preguntarle ¿cómo vas? Y no podemos olvidarnos de las mujeres de los camioneros.
Ellas nos contaban lo poco que veían a sus parejas, unas veces por estar lejos en ruta, otras porque había algún problema con un camión o un cliente y allí tenía que estar el jefe después de haber estado toda la semana al volante por la carretera; cómo te planteas seguir con el matrimonio y tener hijos con un hombre que está tan poco tiempo en casa. Al final parece que la solución es la confianza y el paso del tiempo, y allí estaban participando también con los niños pequeños.
El tiempo va pasando y es la hora de la paella. Tras la comida se realizó el habitual sorteo de regalos entre los camioneros inscritos y se dio por finalizada la concentración. Era el momento de las despedidas antes de regresar cada uno a su casa o de volver a enganchar el remolque para descargar al día siguiente en el lugar de destino. Los más aficionados se citaban para la próxima concentración del Jarama, otros para esta misma concentración pero del año que viene. Cada uno a su ritmo comienzan a levantarse de las mesas y arrancan el camión. Nos despedimos de Javi y de Raúl: “A ver si escribes algo bueno” y podría haberles contestado: “A ver si nos volvemos a ver aquí en la VII”.
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